Caracas. — El miedo volvió a apoderarse de las calles del norte de Venezuela. La mañana de este lunes, un nuevo sismo de magnitud 4.2 sacudió la costa del país, precisamente en la misma zona que fue devastada el pasado miércoles por un doble terremoto. Según la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis), el temblor tuvo una profundidad de apenas 2.9 kilómetros y su epicentro se localizó a 10 kilómetros al este de La Guaira, obligando a cientos de ciudadanos a abandonar despavoridos sus refugios e infraestructuras afectadas.
Este nuevo movimiento telúrico añade tensión a una emergencia nacional que ya registra al menos 1,450 muertos y 3,150 heridos. Con el paso de las horas, las esperanzas de encontrar sobrevivientes disminuyen drásticamente al superar el umbral crítico de las 90 horas desde la tragedia inicial. De hecho, la ONU ha advertido, a través de su jefe de ayuda humanitaria Tom Fletcher, que la cifra de fallecidos podría dispararse debido a que existen más de 50,000 personas desaparecidas.

Un rescatista colombiano junto a su perro realiza labores de búsqueda de personas desaparecidas en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en Catia La Mar (Venezuela). EFE (EFE/ Fuente Externa)
Milagros entre los escombros A pesar de que las posibilidades de hallar vida después de las 72 horas son mínimas, los rescatistas internacionales se niegan a rendirse. Un rayo de esperanza iluminó las labores el sábado por la noche en Caraballeda, donde los equipos de emergencia lograron rescatar con vida a un niño de 11 años, sumándose a las 33 personas recuperadas vivas durante esa jornada, según confirmó la presidenta interina Delcy Rodríguez.
Descontento social en la «zona de guerra»
El balneario de La Guaira y sectores como Catia La Mar muestran un panorama desolador, con decenas de edificios reducidos a montañas de escombros. En medio del caos, brigadas de rescatistas de países como Colombia y El Salvador trabajan sin descanso junto a caninos de búsqueda.
Sin embargo, el dolor de los sobrevivientes se ha transformado en indignación. Los habitantes denuncian una respuesta gubernamental lenta y centralizada ante la magnitud del desastre. «No nos dan las manos», expresan familiares que, ante la escasez de equipos oficiales, remueven la tierra con sus propios dedos buscando a madres, esposas e hijos atrapados bajo el concreto.