Por Natanael de los Santos
Estimado profesor:
Hay seres humanos muy extraños: capaces, indomables, con estándares morales de altísimo valor. Incorregibles. Que no se dejan doblegar por la codicia, ni por las mieles del poder, ni por la dolce vita, ni por el consumismo y la vana apariencia. Usted fue uno de esos.
Su sólida formación y su regia moralidad hicieron que algunos pensaran que le faltó pragmatismo para trascender a niveles sociales o políticos más altos. Pero no. Usted decidió ser moralmente intachable, y profundo en sus principios y valores.
Su gran aporte y su apoyo incondicional a la gestión de Altagracia Paulino durante su paso por Pro Consumidor fue memorable.
Todavía recuerdo nuestras discusiones. Y recuerdo también el honor que me hizo al presentar un libro que me tocó publicar. Usted se encargó de destacar las fortalezas de ese texto, que defendía la potestad sancionadora del órgano rector de las relaciones de consumo en el país. En momentos en que el sector empresarial se había propuesto quitarle o negarle esa potestad, usted junto a Altagracia Paulino la defendieron a capa y espada. Junto a la opinión de juristas de nivel internacional como Ricardo Rivero. Por eso, profesor, le estaré eternamente agradecido.
La formación de profesionales como Yvelia Batista, Lissette Rivas, Esmerly D’Oleo, Samuel Vargas, entre otros, fue uno de sus mayores aportes a una sociedad que necesita gente comprometida, ante el gran deterioro moral que sufre la sociedad dominicana.
Nos enseñó a leer y a admirar a Chomsky, a Facundo Cabral, a Silvio Rodríguez y a cualquier artista que cantara la canción comprometida. Nos hizo saber que lo importante no es llegar solos ni pronto, sino con todos y a tiempo.
Gracias, David.
Fue usted tan valiente como el David bíblico que, con la onda de la verdad, supo derrumbar a gigantes de la mentira y de la avaricia.
Que la tierra le sea leve y que el Padre lo reciba amorosamente.
Hasta siempre, amigo.