Una simulación de «sorpresa», un velorio suspendido por la burocracia y las alarmantes grietas en la seguridad estatal reviven el debate sobre el cuidado de la niñez vulnerable.
Santo Domingo. – La tragedia ocurrida dentro de un centro de acogida del Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani), en San Antonio de Guerra, ha desnudado las profundas contradicciones de un sistema diseñado para proteger y que, en cambio, terminó en custodia de un homicidio. La víctima, una adolescente haitiana de 14 años, llevaba apenas nueve días bajo el amparo del Estado cuando fue asesinada por sus propias compañeras de pabellón.
El drama de la familia, sin embargo, no terminó con la muerte. En el barrio donde residen sus familiares, su tío, Antonio Paul, llegó a colocar lonas y sillas plásticas para recibir los restos de su sobrina. Sin embargo, tras horas de espera bajo el peso del dolor, tuvo que desmontarlo todo: el cadáver nunca llegó debido a trabas burocráticas, trámites inconclusos y errores en la identificación de la menor, prolongando la agonía del duelo.
El «guion del horror» dentro del hogar de paso
De acuerdo con el expediente instrumentado por el Ministerio Público, el crimen se ejecutó mediante el engaño. Tres menores de edad planificaron el ataque aprovechando las horas de la madrugada, mientras unas treinta internas dormían en el pabellón.
Con la frase «ven, que tenemos una sorpresa para ti», condujeron a la víctima hacia el área de los baños con los ojos vendados. Una vez allí, la derribaron y la sujetaron, utilizando el cordón de un pantalón para asfixiarla. Pese a que una testigo presenció parte del hecho desde su cama, el miedo la paralizó. Posteriormente, las agresoras intentaron alterar la escena para hacer pasar el homicidio como un hecho accidental.
La víctima había sido trasladada desde Pedernales tras una cadena de vulnerabilidades familiares: su padre había fallecido y su madre padecía serios problemas de salud mental, por lo que parientes en Santo Domingo buscaban brindarle un entorno seguro. Quienes la conocieron la describieron como una niña alegre, estudiosa y de temperamento tranquilo. «No fue un perro que mataron. Fue una niña y es mi familia», sentenció con indignación su tío ante los medios.
La respuesta oficial y el fallo en la rutina
Ante el cuestionamiento social sobre cómo pudo perpetrarse un asesinato de esta naturaleza en un recinto estatal, la presidenta ejecutiva del Conani, Ligia Pérez Peña, defendió la aplicación de los protocolos de la institución.
La funcionaria aseguró que el pabellón contaba con el personal requerido por los estándares: dos guías (una por cada 15 menores) y custodia militar permanente. No obstante, las investigaciones apuntan a que el crimen se consumó en un descuido de la vigilancia, evidenciando que la supervisión formal falló en el momento más crítico.
El caso abre un debate urgente sobre las condiciones psicológicas de los menores recluidos en estos centros, la efectividad del monitoreo nocturno en áreas comunes como los baños y la urgencia de reformar un sistema de acogida que hoy se encuentra bajo el escrutinio público.