Paradoja en EE. UU.: Crecimiento económico no frena el descontento popular ni el desgaste político del gobierno de Trump

Janet Báez
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A pesar de un sólido crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) cercano al 4% en el tercer trimestre, la percepción ciudadana sobre la economía estadounidense refleja un marcado distanciamiento respecto a los indicadores macroeconómicos. Con una creciente insatisfacción por el costo de vida y una desaprobación pronunciada en la gestión de la economía, el oficialismo enfrenta un escenario adverso a las puertas de las elecciones legislativas de medio término.

El principal factor de malestar social se concentra en la pérdida de poder adquisitivo, impulsada por incrementos continuos en rubros clave como la vivienda y la energía. El encarecimiento de los combustibles y el aumento continuo de las facturas de servicios públicos han impactado directamente en el presupuesto familiar. A este panorama se suman tasas hipotecarias en niveles históricamente altos, reduciendo de forma significativa la accesibilidad al mercado inmobiliario para la mayoría de la población.

Un componente central de este fenómeno es la naturaleza desigual del actual impulso económico. Mientras los sectores vinculados a la tecnología, especialmente la inteligencia artificial (IA) y la construcción de centros de datos, concentran grandes volúmenes de inversión y generan altos retornos salariales para personal especializado, la economía tradicional experimenta un dinamismo mucho menor y un crecimiento salarial real estancado para la fuerza laboral media.

Esta divergencia ha generado un marcado recelo social hacia la expansión acelerada de la IA y su alta demanda energética, alimentando preocupaciones tanto por el alza en los costos de los servicios como por el impacto futuro en el mercado de empleo. La retórica oficial que promueve el avance tecnológico como una prioridad de competitividad internacional contrasta con la preocupación cotidiana de los ciudadanos por el encarecimiento de la vida diaria.

Históricamente, los períodos de fuerte expansión macroeconómica solían otorgar estabilidad política al partido en el poder. Sin embargo, cuando los beneficios del crecimiento no se perciben de manera uniforme en la economía cotidiana, la brecha entre las cifras oficiales y la realidad del consumidor termina por transformar el descontento económico en un factor decisivo de cambio político.

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