Por: Karolina Martinez
Cuando mis hijos nacieron, escuché comentarios que me herían profundamente: “Oh, son twins… y salió uno enfermo”. Siempre respondía con firmeza: “Ninguno está enfermo, simplemente uno necesita más tiempo que el otro”.
Aunque sé que uno de mis hijos tiene ciertas condiciones, decidí tratarlo desde el amor de madre y no desde etiquetas, lo he acompañado con terapias del habla, ocupacionales y apoyos profesionales, pero siempre he entendido que el verdadero avance depende también del entorno: de los padres, de los familiares y del acompañamiento constante.
A lo largo de estos 8 anos he aprendido que no todos los diagnósticos son iguales, hay niños con autismo, con déficit de atención, en casos simples, moderados o más complejos, pero desde el corazón, una madre puede marcar la diferencia en el desarrollo y la confianza de su hijo, sí, puede ser un niño especial, pero nunca diferente, tiene los mismos derechos a ser amado, valorado y feliz.
Los médicos me habían dicho que tendría dificultades para caminar, hablar y relacionarse, hoy, con apenas 8 años, camina, juega soccer y béisbol, conversa mucho mejor que antes y, lo más hermoso, ha sido reconocido como estudiante meritorio en su escuela por varios anos consecutivos , incluso tuvo el honor de ser “principal por un día”, un logro que refleja no solo sus avances, sino también la confianza que ha sembrado en su comunidad escolar.
Su desarrollo ha sido alentador y extraordinario, un testimonio vivo de que los diagnósticos no definen a un niño, por que muchas veces lo que vemos como “hiperactividad” o “déficit de atención” es, en realidad, la esencia misma de la infancia: niños con ganas de moverse, explorar y descubrir el mundo.
La niñez no necesita diagnósticos apresurados, necesita paciencia, amor y espacios donde puedan crecer sintiéndose capaces y únicos, un diagnóstico puede orientar, pero nunca debe limitar; lo que transforma la vida de un niño es el amor y la fe de quienes lo rodean.