La Guaira. — Cuatro días después de los devastadores terremotos que sacudieron a Venezuela, la supervivencia para los sobrevivientes se ha convertido en una batalla diaria contra la insalubridad y el olvido institucional. En Catia La Mar, una de las zonas más golpeadas por el sismo, cientos de personas subsisten de forma precaria en un campamento improvisado en el estacionamiento de una farmacia, compartiendo apenas dos sanitarios prestados por el comercio.
El refugio nació de manera espontánea el pasado miércoles en medio del pánico generalizado. Actualmente, forma parte de la red de campamentos autogestionados por las más de 12,000 familias damnificadas que reportan las autoridades tras el desastre, el cual ya registra una trágica cifra oficial de al menos 1,450 fallecidos y miles de heridos.
Para algunos habitantes, como Socorro Sánchez, esta catástrofe evoca los fantasmas del trágico deslave de 1999. «Nosotros mismos estamos sobreviviendo y guerreando, nos sentimos abandonados; la ayuda ha venido de los mismos ciudadanos, no del Gobierno», relató a la agencia EFE tras agradecer haber salvado su vida por segunda vez en la región costeña.
Hacinamiento, calor y falta de servicios básicos
A las precarias condiciones habitacionales donde carpas y sábanas sirven de techo bajo el sofocante calor, la humedad y las plagas de la costa se suma un escenario aún más crítico a pocos metros de distancia. En un campamento vecino, la ausencia total de servicios sanitarios obliga a cientos de damnificados a utilizar bolsas y envases plásticos para sus necesidades, lo que ha desatado una crisis de olores ineludibles y el inminente riesgo de focos infecciosos.
Mientras las labores de rescate continúan bajo condiciones climáticas adversas, la comunidad se organiza de manera independiente. Cocinan con cilindros de gas rescatados de los escombros y dependen casi exclusivamente de las donaciones de grupos de apoyo civiles para alimentarse, exigiendo una respuesta gubernamental urgente que vaya más allá de las promesas.