La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses marcó uno de los episodios más extraordinarios y controvertidos de la política latinoamericana en décadas. La operación, ejecutada de madrugada en Caracas y acompañada por ataques militares selectivos, abrió un periodo de profunda incertidumbre sobre el futuro del país y desató una ola de reacciones internacionales que aún sacuden el orden geopolítico regional.
El presidente Donald Trump confirmó que Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados y trasladados fuera del país en una acción conjunta del ejército estadounidense y agencias federales. “Vamos a dirigir Venezuela hasta que haya una transición adecuada”, declaró Trump desde su residencia de Mar-a-Lago, asegurando además que empresas petroleras estadounidenses invertirán miles de millones de dólares para reconstruir la infraestructura energética venezolana.


La escena contrastó con la imagen que Maduro había proyectado semanas antes: bailando en televisión estatal, minimizando las amenazas de Washington y repitiendo en inglés “no crazy war”. Para miembros del entorno de Trump, aquel gesto fue interpretado como una provocación y la confirmación de que el mandatario venezolano creía estar frente a un farol. La Casa Blanca decidió entonces ejecutar sus amenazas.
La sucesión: Delcy Rodríguez entra en escena
Con Maduro fuera del tablero, Washington enfrentó una decisión incómoda: ¿quién debía ocupar el poder en Venezuela? La respuesta no fue la esperada. En lugar de respaldar a la oposición tradicional, la administración Trump optó por Delcy Rodríguez, la hasta entonces vicepresidenta y una de las figuras centrales del chavismo.
Funcionarios estadounidenses señalaron que Rodríguez había impresionado por su manejo pragmático de la economía y del sector petrolero en medio de sanciones. Intermediarios aseguraron que protegería futuras inversiones energéticas estadounidenses y que ofrecía un perfil más “profesional” que el de Maduro. “No es la solución definitiva, pero es alguien con quien podemos trabajar”, dijo un alto funcionario estadounidense.
Trump confirmó públicamente que aceptaría a Rodríguez como presidenta interina, advirtiendo que la relación dependerá de que “juegue según las reglas”. Al mismo tiempo, dejó claro que Estados Unidos se reserva el derecho de nuevas acciones militares si considera que sus intereses no son respetados.
Rodríguez, sin embargo, denunció la operación como una invasión ilegal y afirmó que Maduro sigue siendo el presidente legítimo, subrayando la ambigüedad del nuevo escenario. Aun así, Washington mantiene un optimismo cauteloso.
La gran descartada: María Corina Machado
La apuesta por Rodríguez implicó dejar de lado a María Corina Machado, quien ganó las elecciones presidenciales de 2024 en una votación ampliamente considerada fraudulenta y fue galardonada este año con el Premio Nobel de la Paz. Pese a sus esfuerzos por acercarse a Trump —a quien llamó “campeón de la libertad” e incluso dedicó su Nobel—, el presidente estadounidense fue tajante: “No tiene el respaldo necesario para gobernar”.

Machado reaccionó afirmando que estaba lista para asumir el poder y llamó a las Fuerzas Armadas a respetar el mandato popular. Horas después, Trump aseguró que ni siquiera había hablado con ella. La portavoz de la líder opositora declinó hacer comentarios.
Reacciones internas y protestas
En Estados Unidos, la decisión de Trump generó divisiones. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, dijo haber llamado directamente al presidente para expresar su oposición a la captura de Maduro, calificándola como una violación del derecho internacional. La gobernadora Kathy Hochul habló de “abuso flagrante de poder”, mientras el senador Chuck Schumer calificó la acción de imprudente por no contar con autorización del Congreso.
En Times Square, manifestantes protestaron contra lo que describieron como una guerra contra Venezuela.
Alarma internacional
Las reacciones fuera de Estados Unidos fueron igualmente duras. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva calificó la operación como un “precedente extremadamente peligroso” y advirtió que viola el derecho internacional. Rusia dijo estar “extremadamente alarmada” y habló de una violación inaceptable de la soberanía estatal. México, bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum, condenó la acción y afirmó que vulnera la Carta de la ONU.

Impacto regional inmediato
La crisis también golpeó el transporte aéreo. La Federal Aviation Administration prohibió temporalmente vuelos de aerolíneas estadounidenses cerca de Venezuela y partes del Caribe, incluyendo Puerto Rico. La medida dejó a miles de pasajeros varados y obligó a cancelaciones y desvíos. La Agencia de Seguridad Aérea de la Unión Europea emitió directivas similares.
¿Quién es Delcy Rodríguez?

A sus 56 años, Rodríguez llega al poder con la reputación de tecnócrata eficaz. Hija de un exguerrillero marxista muerto en prisión en 1976, fue educada parcialmente en Francia y se especializó en derecho laboral. Ascendió dentro del chavismo con el respaldo de su hermano Jorge Rodríguez, estratega clave del régimen.
Rodríguez estabilizó parcialmente la economía tras años de colapso y logró aumentar la producción petrolera pese a sanciones, ganándose incluso el respeto de algunos funcionarios estadounidenses. Nunca, sin embargo, denunció la represión ni la corrupción del régimen.
“Puede negociar a través del abismo ideológico venezolano”, dijo Juan Francisco García, exlegislador chavista ahora disidente, aunque admitió reservas sobre su capacidad para gobernar.
Un futuro incierto

Trump declaró que Estados Unidos “dirigirá Venezuela” por un periodo indefinido y mantendrá restricciones petroleras como herramienta de presión. Washington se enfrenta ahora a una paradoja: colaborar con una dirigente surgida del mismo sistema que durante años calificó de ilegítimo, mientras deja de lado a una oposición que ganó en las urnas pero carece, a su juicio, de control real del poder.
El futuro de Venezuela dependerá de si Delcy Rodríguez logra consolidar autoridad, equilibrar presiones internas y externas, y evitar que el país se hunda aún más en la fragmentación. Lo ocurrido ya marca un punto de quiebre: no solo para Venezuela, sino para el orden político y legal que ha regido América Latina durante las últimas décadas.