Agencia: AP-
Minneapolis-Lo que debía ser una mañana de fe, alegría y comunidad se transformó en una de las jornadas más dolorosas para la ciudad de Minneapolis. Mientras alumnos de la escuela Annunciation Catholic School celebraban la primera misa del nuevo año escolar, un hombre armado disparó indiscriminadamente a través de las ventanas del templo. La violencia irrumpió en pleno acto religioso, dejando dos niños —de apenas 8 y 10 años— sin vida y 17 heridos. El agresor, identificado como Robin M. Westman, se quitó la vida poco después en el estacionamiento del recinto.



La misa de inicio de curso era una tradición esperada por las familias y los más pequeños, un momento para renovar la esperanza y compartir en comunidad. Pero los bancos de la iglesia se convirtieron en refugio improvisado: maestros, niños y feligreses se lanzaron al suelo buscando protección mientras las balas atravesaban vitrales y paredes. Lo que debía ser un símbolo de unidad quedó marcado por el miedo, la pérdida y un dolor colectivo que traspasó fronteras.
La respuesta de la comunidad ha sido inmediata. Autoridades locales y federales calificaron el hecho como un “acto de maldad indescriptible” y lo investigan como posible terrorismo doméstico y crimen de odio. Mientras tanto, padres, maestros y líderes espirituales unen sus voces no solo para llorar a las víctimas, sino también para reclamar un futuro diferente, donde los niños puedan rezar, estudiar y crecer sin miedo. La tragedia en la Annunciation Catholic Church no solo enluta a Minneapolis, sino que recuerda a todo un país la urgencia de sanar una herida que se repite demasiado seguido.