Más de una década antes de convertir un edificio de oficinas en Midtown Manhattan en una zona de guerra, Shane Tamura, de 27 años, era una joven promesa del fútbol americano en Santa Clarita, California. Inteligente, atlético y proveniente de una buena familia, Tamura destacó como running back en la secundaria. Su amigo Julian Torres lo describió como “un buen chico, brillante. Nunca imaginé algo así. Es una locura verlo ahora.”
Sin embargo, su vida dio un giro radical. Tamura desarrolló una obsesión con el CTE, una enfermedad cerebral degenerativa común entre jugadores de fútbol americano. Aunque no hay pruebas de que haya sido diagnosticado o que haya jugado a nivel universitario o profesional, la policía investiga si esta obsesión influyó en sus acciones. El lunes, Tamura condujo desde Nueva Jersey a Manhattan y desató una masacre en el edificio 345 Park Avenue, sede de la NFL.
En el piso 33, disparó casi 50 veces: se encontraron 24 casquillos y 15 fragmentos de bala. Disparó contra ventanas, rompió puertas y abrió fuego contra todo aquel que encontró. Juliaa Hyman, empleada de Rudin Management, murió tras salir del baño, probablemente para buscar ayuda. Sebije Nelovic, trabajadora de limpieza, escapó por segundos al girar en dirección opuesta al atacante.
Tamura finalmente se quitó la vida con un disparo en el pecho. Junto a su cuerpo, la policía halló una nota: “Estudien mi cerebro”. En su apartamento encontraron un trípode para su rifle, tres frascos de medicamentos (incluyendo un antipsicótico), y una segunda nota suicida: “Cuando miro a los ojos de papá y mamá, solo veo decepción. Te amo, mamá. Lo siento.”
La comisionada del NYPD, Jessica Tisch, confirmó que Tamura tenía un historial psiquiátrico con al menos dos hospitalizaciones en Nevada, en 2022 y 2024. La tragedia ha dejado a toda la ciudad consternada y continúa la investigación sobre cómo obtuvo el rifle y qué lo llevó a cometer esta brutal matanza.