NUEVA YORK. – Bajo el cielo gris de Washington Heights y el silencio respetuoso de la Iglesia St. Elizabeth, la diáspora dominicana se reunió para rendir un último tributo a Ramón Alburquerque, ex presidente del Senado y figura central de la política contemporánea de la República Dominicana.

La ceremonia religiosa, encabezada por el cónsul general Jesús «Chu» Vásquez, no fue un simple acto protocolar, sino un reencuentro de la comunidad dominicana en el exterior con la historia institucional de su tierra. Entre oraciones y velas encendidas, funcionarios, líderes comunitarios y ciudadanos recordaron al ingeniero químico que transformó la política en un ejercicio de pensamiento crítico y defensa innegociable de los valores democráticos.

Un legado de carácter y servicio Durante la eucaristía, el cónsul Chu Vásquez destacó que la huella de Alburquerque trasciende los cargos ocupados. «Su defensa firme de los valores democráticos y su vocación de servicio dejaron una marca profunda en la historia institucional», afirmó Vásquez, subrayando que el exlegislador fue una voz que nunca temió sostener posiciones incómodas en favor de la transparencia y la modernización del Estado.
Conexión con la diáspora Para los dominicanos residentes en la Gran Manzana, el nombre de Alburquerque evoca décadas de debates decisivos en el PRD y el PRM, representando una era de la política basada en las ideas. La misa sirvió como un puente de reflexión para que quienes viven lejos de la isla pudieran procesar la pérdida de un hombre cuya vida estuvo ligada, hasta su último suspiro, al pulso de la nación.

La tarde del jueves cerró en Nueva York con un sentimiento de gratitud colectiva. Ramón Alburquerque ya no pertenece solo a un partido o a una gestión, sino a la memoria democrática de un pueblo que, incluso a miles de kilómetros, reconoce en su carácter una de las columnas fundamentales de su libertad.