Por: Janet Báez
El anuncio de que más de 2,000 estudiantes abarrotarán el Teatro Nacional para la muestra “Travesía del arte” nos llena de un orgullo legítimo. Ver a jóvenes de las 18 regionales educativas del país dominar la música, el cine o la orfebrería demuestra que en cada rincón de la República Dominicana hay talento de sobra. Sin embargo, este hermoso hito también nos deja una pregunta inevitable sobre la mesa: ¿Qué pasa con esos jóvenes cuando se apagan las luces del escenario y regresan a sus escuelas?
La respuesta corta debería ser la continuidad. Pero para que esa continuidad exista, el sistema educativo dominicano debe dar su próximo gran salto evolutivo. Es el momento idóneo para que el presidente Luis Abinader y el ministro de Educación, Luis Miguel De Camps, pongan la mirada sobre el que ha sido uno de los proyectos sociales más ambiciosos del país, pero que aún opera a media máquina en su potencial pedagógico y humano: la Jornada Escolar Extendida.
Nadie pone en duda el impacto de la Tanda Extendida como un alivio económico para las familias, garantizando alimentación y seguridad. Pero la escuela no puede ser solo un lugar de resguardo para que los hijos «estén» mientras los padres trabajan. El verdadero éxito de la transformación educativa radica en convertir ese bloque de tiempo después del mediodía en una verdadera incubadora de habilidades productivas y ciudadanas, replicando el exitoso modelo de nuestros politécnicos.
Sin embargo, para construir el país que soñamos, no basta con graduar técnicos excepcionales si antes no formamos ciudadanos conscientes. Es desde la niñez, en los niveles iniciales y básicos, donde debemos plantar la semilla del conocimiento.
Las horas de la tarde para los más pequeños deben ser el escenario idóneo para fortalecer valores transversales que hoy urgen en nuestra sociedad. Hablamos de incorporar de manera robusta y vivencial materias como la educación cívica, el cuidado del medio ambiente, el manejo correcto de los desechos sólidos y la seguridad vial. Si enseñamos a un niño a respetar el semáforo, a clasificar la basura y a proteger sus recursos naturales, no tendremos que sancionar al adulto del mañana. La verdadera prevención de las crisis comunitarias, ambientales y de tránsito empieza en las aulas vespertinas.
A medida que ese niño crece y avanza hacia la secundaria, esa base cívica se debe fusionar con la especialización. Imaginar una reforma donde la tarde sea para producir requiere de alianzas audaces. No tenemos que inventar la rueda; el Estado dominicano cuenta con instituciones que son referentes de excelencia y que deben entrar de lleno a las aulas públicas: el INFOTEP y el ITLA.
El primer paso de esta revolución debe ser la formación de nuestros profesores. Una gran alianza estratégica del MINERD con el INFOTEP y el ITLA permitiría certificar a los maestros en áreas técnicas, digitales y de innovación, pero también en metodologías modernas para la enseñanza de la ciudadanía y la sostenibilidad. Un docente actualizado es el único capaz de exprimir al máximo un currículo orientado al desarrollo integral.
Si logramos que la infraestructura escolar disponible se transforme en laboratorios de valores cívicos para los niños y en talleres de alta tecnología para los adolescentes después del almuerzo, no solo estaremos combatiendo la deserción escolar; estaremos entregándole a la República Dominicana ciudadanos ejemplares y técnicos calificados listos para transformar el país.
La «Travesía del arte» nos ha demostrado de lo que es capaz nuestra juventud cuando se le da una oportunidad. Ahora le toca al Estado asegurar que esa oportunidad no dure solo cuatro días en un teatro, sino que sea la norma cotidiana en cada escuela pública del país. Convirtamos la Tanda Extendida en el motor humano y económico de la nueva generación. El futuro de nuestra sociedad se decide después del mediodía.