Por: Jenny Javier
La República Dominicana se ha convertido en noticia constante por los apagones que, en los últimos días, han sacudido la vida cotidiana de más de la mitad de la población, desde barrios populares hasta espacios estratégicos como el Aeropuerto Internacional de Las Américas, los cortes eléctricos han dejado en evidencia una realidad que muchos prefieren disfrazar: sin energía confiable no hay verdadero avance.
El más reciente episodio, ocurrido en el AILA, paralizó operaciones aeroportuarias y dejó varados a cientos de pasajeros, aunque la Empresa Distribuidora de Electricidad del Este (Edeeste) aclaró que la falla no fue de su sistema, la situación encendió las alarmas. Porque más allá de quién cargue con la responsabilidad directa, lo cierto es que la percepción generalizada es de fragilidad e incertidumbre frente a un servicio que debería ser garantía básica de un país que presume estabilidad y crecimiento.
Y es que la electricidad no es un lujo, es el motor del desarrollo, cuando falta, se apaga la producción industrial, se interrumpe la educación, se paraliza el transporte, se limita la seguridad ciudadana y se erosiona la confianza en las instituciones, en un país que apuesta al turismo, a la inversión extranjera y a ser referencia en la región, los apagones no solo oscurecen hogares y calles, también empañan la imagen de progreso que tanto esfuerzo ha costado construir.
El debate no debe centrarse únicamente en quién tuvo la culpa del apagón en el aeropuerto, sino en cómo fortalecer de manera estructural el sistema energético nacional, porque cuando la mitad de un país se queja de lo mismo, no estamos ante casos aislados, sino ante un problema que clama por respuestas claras y soluciones duraderas.