Por Sofía Hernández
En temporada de calor y humedad, los pies se convierten en terreno fértil para uno de los problemas dermatológicos más comunes: el pie de atleta. Esta infección causada por hongos —principalmente Trichophyton rubrum y Trichophyton interdigitale— afecta a millones de personas cada año, sin importar edad o sexo.
El pie de atleta suele comenzar de forma discreta, con picazón entre los dedos, enrojecimiento o una leve descamación. Sin embargo, si no se trata, puede provocar grietas dolorosas, mal olor e incluso extenderse a las uñas (onicomicosis) o a otras partes del cuerpo.
¿Cómo se contagia?
El contacto directo con superficies contaminadas es la vía más frecuente. Caminar descalzo en vestuarios, compartir zapatos o toallas, y no secar bien los pies después de bañarse son hábitos que aumentan el riesgo.
Factores de riesgo más comunes:
Uso prolongado de calzado cerrado.
Sudoración excesiva en los pies.
Falta de higiene o secado insuficiente.
Sistema inmunitario debilitado.
Prevención: el arma más efectiva
Lavar y secar bien los pies a diario, prestando atención entre los dedos.
Usar calcetines de algodón y cambiarlos si están húmedos.
Evitar caminar descalzo en lugares públicos húmedos.
Ventilar el calzado y alternar pares cada día.
Aplicar polvos o sprays antimicóticos como prevención si hay tendencia a la infección.
Tratamiento: rápido y constante
En casos leves, las cremas o aerosoles antifúngicos —como clotrimazol, terbinafina o miconazol— suelen ser suficientes. Pero es clave seguir el tratamiento de forma completa, incluso una o dos semanas después de que desaparezcan los síntomas. En casos más severos, el médico puede indicar tratamiento oral.
Según datos de la American Academy of Dermatology, cerca del 15% de la población mundial sufre pie de atleta en algún momento de su vida, y el riesgo aumenta en meses cálidos o en quienes realizan deporte regularmente.