La exenfermera de 63 años asume como la primera mujer primada de la Iglesia anglicana en una ceremonia cosmopolita, mientras el sector conservador de África y Asia amenaza la unidad de sus 85 millones de fieles.
En el mismo suelo medieval donde San Agustín comenzó a predicar en el siglo VI, la historia de la fe en Inglaterra dio un giro irreversible este miércoles. Sarah Mullally fue entronizada como la primera mujer en portar el báculo de arzobispa de Canterbury, cuna espiritual del anglicanismo. Sin embargo, la pompa y el boato de la Catedral gótica no lograron disipar las tensiones de una Iglesia que navega entre el modernismo y la ruptura.

Con la presencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, la ceremonia de 182 años de tradición (desde la ruptura con Roma en 1534) buscó proyectar una imagen de inclusión universal. Se escucharon cantos en swahili y bemba, e incluso el Evangelio fue leído en español por una obispa mexicana, subrayando el carácter global de una comunión que hoy cuenta con más fieles en África y Asia que en el propio Reino Unido.

Un liderazgo bajo fuego cruzado
Mullally, quien dedicó gran parte de su vida a la enfermería antes de su ordenación, asume el cargo en un momento crítico. Mientras en Londres se celebraba su ascenso, en el hemisferio sur crece la Comunión Anglicana Global, un movimiento liderado por el arzobispo ruandés Laurent Mbanda que rechaza la ordenación de mujeres y el matrimonio igualitario.

A pesar del riesgo de un cisma inminente, la nueva arzobispa optó por la cautela en su primer sermón:
Silencio estratégico: No mencionó directamente la fractura con el sector conservador.
Alusiones al pasado: Se refirió con cuidado al «dolor de los heridos» por fallos dentro de la comunidad, una referencia tácita a los escándalos de pederastia que forzaron la salida de su predecesor.
Llamado a la paz: Su discurso se mantuvo en una línea diplomática, pidiendo por los conflictos en Ucrania, Sudán y Oriente Medio.

De la enfermería al báculo
El momento más emotivo se vivió cuando Mullally, visiblemente conmovida, se comparó con la Virgen María al aceptar su misión como un «instrumento del Señor». Tras recibir el báculo, fue ovacionada largamente, especialmente por las mujeres presentes, quienes ven en ella el fin de siglos de exclusión jerárquica.
Aunque el evento pasó casi desapercibido para los grandes medios británicos reflejo del creciente laicismo en el país, para el mundo anglicano representa una apuesta definitiva por la modernidad, incluso a riesgo de perder a la mitad de su feligresía global.